lunes, 25 de mayo de 2015

Mario Santiago desde Barcelona

por Martín Cinzano
México D.F. 12.2013





Gracias al poeta Bruno Montané, desde Barcelona nos llega nuevamente la poesía de Mario Santiago Papasquiaro. Corregido más tarde por él mismo y rescatado en su momento por el propio Montané y por Roberto Bolaño (o “Caupolicán-Kerouac”, como se le alude en el poema), Sueño sin fin (Ediciones Sin Fin, 2012) es un único poema largo escrito durante la estancia del poeta en Barcelona a principios de 1977.

Decir “un único poema largo” puede llevar a engaños en el caso de este libro y, quizás, en buena parte de los textos de Santiago: “poema largo” aquí también quiere decir varios poemas cortos que se suceden y se interrumpen los unos a los otros “a ritmo de chile frito”, según una fórmula acuñada en la “Carte d’identité” de 1996 (también reproducida en esta edición de Sueño sin fin). “Escribe como camina / a ritmo de chile frito. / A tranco firme & sin doblarse”: la trancada —y la tranca— se despliega en el poema como una marcha sin programa donde se toman desvíos-citas hacia ninguna parte y a la menor provocación, para terminar en una provocación mayor.

Si sólo se avistan los poemas reunidos en Jeta de santo, hasta el momento la más abarcadora antología de la poesía de Mario Santiago, sin duda la ciudad aparece o se entromete con regularidad, no tanto en su sentido escenográfico cuanto en el de la posibilidad misma del poema y su incontenible vagabundeo por las citas pictóricas, literarias (presentes ya desde el título con la alusión a Muerte sin fin de José Gorostiza) mezcladas al cascajo y al adoquín “como el eco manchado de mi rostro”.

Así también, de la misma discontinuidad del poema resulta en Sueño sin fin su disolución o su propio carácter de apunte borroso. La trancada no prospera aquí junto a la marcha teleológica de la historia, sino hacia atrás, “mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido”, como le dice Ulises Lima a Juan García Madero al inicio de Los detectives salvajes: se trata de avanzar con la escritura por un camino (en ocasiones campo minado) que paradójicamente (te) retrocede y (te) chupa. El poema, sin doblarse, vira de golpe por una esquina en la que se corta pero donde al mismo tiempo aguarda, presto como un perro a saltar y morder, otro poema más, y por ahí, quizás, “Vertiginosamente me dejo ir”, según declaró Santiago en una entrevista de 1996 reproducida en este libro.

A contracorriente de la gran prosa latinoamericana de la época afincada en Europa (y, desde luego, a contracorriente del “vals entre porfiriano & medieval” de “O. Paz”), el poeta no ha ido allí precisamente para acusar parte histórico del subdesarrollo continental ni de la “otredad”. En 1975, en París, Enrique Lihn lo escribió en un recordado soneto: “Espero de la tierra no hacer colas / ni así hormiguear buscando mi sustento; / quiero en todo ganar el mil por ciento / y pasármelo todo por las bolas”.

Por lo menos como adscripción a esa anti-militancia radical (cuyo precio a pagar —con las mismas bolas— es el silenciamiento y/o la babada anticrítica de Gabriel Zaid), ya desde la portada de esta nueva aparición de Mario Santiago tenemos el indicio de una apuesta sin fin: “Me asusto de ser tan prehistórico / tan fetal / tan impreparado / para las grandes y necesarias acrobacias”.








lunes, 18 de mayo de 2015

¿Quién es el valiente?

por Roberto Bolaño
Babelia, El País. 31.01.1998





Los libros que más recuerdo son los que robé en México D.F., entre los 16 y los 19 años, y los que compré en Chile cuando tenía 20, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde fuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louys, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Sé que tenía 16 años y que Louys se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbohm (El hipócrita feliz), de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana cualquiera en la abigarrada avenida del Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del D.F. me escamotean, como si Niño Perdido sólo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con espectáculos se hubiera, efectivamente, perdido tal como me perdí yo a los 16 años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Amado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El General William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque ya la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del D.F., que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir, con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar. Era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que ni supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi marciana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte no fue en la Librería de Cristal, sino en La Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida de Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de La librería del Sótano, lo que a mi me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras la larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La Caída, ninguno de los cuales había robado allí. Poco después me marché a Chile. Si en México hubiera podido encontrar a Rulfo y Arreola, en Chile me pudo pasar lo mismo con Parra y Lihn, pero creo que al único que vi fue a Rodrigo Lira caminando aprisa una noche que olía a gases lacrimógenos. Después vino el golpe y tras éste me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura. A diferencia de las librerías mexicanas, las de Santiago carecían de empleados y eran atendidas por una persona, casi siempre el dueño. Allí compré la Obra gruesa y los Artefactos de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar. Pero respirar tampoco es la palabra. De mis visitas a esas librerías recuerdo sobre todo los ojos de los libreros, ojos que a veces parecían los de un ahorcado y a veces estaban velados por una tela como de legañas y que ahora sé que era otra cosa. No recuerdo, además, haber visto nunca librerías más solitarias. Allí no robé ningún libro. Eran baratos y los compraba. En la última que visité, un librero, un hombre de unos cuarenta años, alto y flaco, me dijo de sopetón mientras revisaba una hilera de viejas novelas francesas si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte. El tipo estaba de pie en un rincón, llevaba sólo una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía una nuez prominente que le temblaba al hablar. Le contesté que no me parecía justo. ¿De qué condenados a muerte estamos hablando?, dije. El librero me miró y nos dijo que él sabía, fehacientemente, de más de un novelista capaz de recomendar sus propios libros a un condenado a muerte. Después dijo que hablábamos de lectores desesperados. Soy el menos indicado para decirlo, dijo, pero si no lo digo yo no lo dirá nadie. ¿Qué libro le regalaría usted a un condenado a muerte?, me preguntó. No sé, dije. Yo tampoco lo sé, dijo el librero, y me parece terrible. ¿Qué libros leen los desesperados? ¿Qué libros les gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?, dijo. Y después: es como la Antártida. No como el Polo Norte, sino como la Antártida. Pensé en el final de Arturo Gordon Pym, pero preferí no decir nada. A ver, dijo el librero, ¿quién es el valiente capaz de poner sobre el regazo de un condenado a muerte esta novela? Levantó un libro que había gozado de cierta fama y luego lo arrojó sobre una espuerta. Le pagué y me fui. Al darle la espalda, el librero no sé si rio o se puso a llorar. Cuando gané la calle lo oí decir: ¿Quién es el gallito capaz de semejante hazaña? Y luego dijo algo más, pero no entendí sus palabras.








miércoles, 29 de abril de 2015

"En la ficción de Bolaño, la poesía es una forma de enfrentar la vida". Entrevista a Chris Andrews

por Juan Manuel Vial
La Tercera. 25.08.2014


El responsable de llevar al inglés novelas y cuentos del autor chileno 
publica el revelador estudio 
Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe



Chris Andrews tradujo diez libros de Roberto Bolaño al inglés, actividad que le permitió sumirse, como pocos lo han hecho, en las profundidades, en los pasadizos oscuros e intrincados de aquella maquinaria enorme, compleja y fenomenal que es la literatura del celebrado narrador chileno (“El policía de las ratas”, uno de los cuentos de El gaucho insufrible, está dedicado a Andrews). Hace algunos días se publicó en Estados Unidos Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe, un estudio en el que, con inteligencia, claridad y precisión, el escritor australiano revela las capas ocultas del método, para muchos lectores misterioso, con que Bolaño compuso sus obras más famosas.

En el primer capítulo, el autor se pregunta por qué la ficción del narrador chileno fue tan bien recibida en el mundo angloparlante (sus respuestas son de crucial importancia, ya que él mismo, en calidad de traductor, es responsable en buena medida de aquel éxito). En los seis capítulos restantes, Andrews se dedica a revisar temas que les resultarán apasionantes a los seguidores de Bolaño: el manejo de la tensión dramática, la forma en que los personajes evolucionan a lo largo del tiempo, cómo ellos se protegen y dañan unos a otros, y qué valores políticos y éticos entran en juego por medio de aquellas interacciones.

Tras la muerte de Bolaño han aparecido varios estudios de su literatura, escritos en diferentes idiomas, pero dados la amplitud de los conocimientos de Andrews, el valor de sus juicios -casi siempre novedosos; a veces arrojados-, y debido también a la peculiar intimidad que un traductor puede alcanzar con el material traducido, no hay riesgo en afirmar que Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe es un obra superior, y, a todas luces, definitiva.


Parte advirtiendo que su libro es un libro de crítica literaria, pero se lee como una investigación que tiene muchos rasgos bolañescos: ¿Qué les diría a los lectores que se asustan con la mención de “crítica literaria”?
Partí de esa manera para despejar una confusión que surge a veces en el mundo anglófono: aquí hablo de la obra de Bolaño, y no de la traducción de su obra. Lo poco que puedo decir sobre la traducción no tiene mucho interés comparado con lo mucho que queda por decir sobre la ficción de Bolaño. Quería ir al grano. Entiendo que hay lectores para quienes los términos de la narratología, por ejemplo, son intimidantes. A ellos les diría que podrían saltarse el capítulo dos. Espero no haber abusado de una terminología recóndita. Traté de escribir de la manera más clara posible, para que el lector pueda saber hasta qué punto está de acuerdo con mi argumentación (y en dónde empieza su desacuerdo).

Dentro de las razones que en su opinión explican el éxito de Bolaño en inglés llama la atención la siguiente: “Bolaño suple una carencia en la ficción norteamericana”. ¿Cómo llegó a tal conclusión?
Allí hago eco de algo que viene diciéndose desde el boom de las escuelas de “escritura creativa”: lo que falta no es destreza ni inteligencia, sino que la osadía y la excentricidad de los autodidactas.


En su libro cita a Alberto Manguel, quien opina que “algunos críticos impresionables” serían en parte responsables del éxito de Bolaño en EE.UU. Manguel también sugiere que libros como Los detectives salvajes y 2666 son obras menores. ¿Cuánto de conservadurismo estético y cuánto de falta de comprensión hay en sus juicios?
Me pareció sobre todo un juicio apresurado, y quizás una reacción al éxito de Bolaño en el mundo anglófono. Para algunos críticos, la popularidad es sintomática de una falta de calidad literaria. Lo que sostengo es que la popularidad es tan incierta que no puede servir como medida de la calidad. Así, los esnobs que dicen “este libro no puede ser bueno porque se vende bien”, y los populistas que dicen “por eso precisamente es bueno”, caen en la misma trampa: dan demasiada importancia a los azares del mercado y de la vida literaria.


Declara que “ninguno de los escritores que los libros de Bolaño nos permiten tomar en serio piensa en términos de una carrera literaria”. ¿Hasta qué punto es responsable sostener hoy que Bolaño no tenía grandes ambiciones literarias?
Bolaño tenía grandes ambiciones literarias, de eso no hay dudas. Sin grandes ambiciones literarias no se escribe una obra como 2666. El quería que sus libros llegaran a muchos lectores. Sin embargo, no creo que pensara en términos de una carrera literaria, que viera su trabajo como una serie de peldaños por los cuales debía trepar para alcanzar una posición alta y dominante en el mundo literario y social. Un escritor puede tener éxito sin ser arribista.


Cuando Jean Franco, la experta inglesa en literatura latinoamericana, sostiene que Bolaño “a menudo suena como un anarquista romántico”, usted interpreta que ella usa el término de manera peyorativa. De modo que decide ir más lejos y argumenta que Bolaño es un anarquista romántico, claro que sin una connotación negativa. ¿Podría explicar las bondades en esa clasificación?
Donde se ve más claramente el anarquismo de Bolaño es en su examen implacable de las seducciones del poder institucional. En el universo de su ficción, ceder a tales seducciones, como Sebastián Urrutia Lacroix, en Nocturno de Chile, o El Cerdo, en 2666, es un pecado capital. Esa arista crítica me parece muy valiosa, muy saludable, porque las instituciones siguen manufacturando auras de prestigio que se prestan a muchos abusos. El romanticismo de Bolaño se ve en su valoración de la poesía, que tiene un papel simbólico en su ficción: representa una manera abierta y juvenil de enfrentar la vida, un estilo vital que no es propiedad exclusiva de los jóvenes. De hecho, adquiere su verdadero valor en personajes relativamente viejos, como Cesárea Tinajero o Amadeo Salvatierra en Los detectives salvajes.






lunes, 13 de abril de 2015

“Podemos esperar encontrar a Bolaño reapareciendo en novelas, cuentos y poemas”. Entrevista a Chris Andrews

Columbia University Press, 2014
Traducción de Bernardo Navia





¿Cómo conoció la obra de Bolaño?
En una conversación con libreros de Santiago y Valparaíso, en el año 2001. Bolaño era ya conocido en Chile: había ganado el Premio Rómulo Gallegos, y regresado al país en dos oportunidades, en 1998 y 1999. Sus relaciones con el mundo literario chileno contemporáneo fueron tormentosas, pero su lealtad hacia Enrique Lihn y Nicanor Parra siempre fue total. Me gusta pensar que él ha reclutado nuevos lectores para esos dos grandes poetas chilenos.


¿Esperaba que la obra de Bolaño encontrara un público masivo en inglés cuando comenzaste su traducción?
No, pero no porque pensara que no merecía ser leído. Con los dos primeros libros, pensé: puede que resulte, porque es la manera en que estas cosas generalmente marchan. Un autor conocido y respetado en su propio idioma generalmente recibe una o dos buenas oportunidades cuando se le traduce y, a no ser que suceda algo especial, es bastante normal que ese autor caiga luego en la categoría de autores que lo intentaron pero que sin embargo no prosperaron. Afortunadamente, Bárbara Epler (de New Directions) no se acercó a Bolaño desde esta perspectiva: ella estaba comprometida a esperar a que algo especial sucediera, lo que sí ocurrió, con la colección de historias Los últimos atardeceres sobre la tierra. Y luego con Los detectives salvajes, novela publicada por FSG.


¿Qué clase de libro ha querido escribir con Ficción de Roberto Bolaño (Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe)?
Bueno, es un libro académico, pero quería que esto quedara lo más claro posible. Quería representar lo más fielmente posible la complejidad de la obra de Bolaño, aunque esto significara cuestionar la calidad de mis propios argumentos. Quise hacerle justicia tanto a las texturas como a los detalles finos, pero también conectar la ficción con grandes interrogantes políticas y éticas, como por ejemplo aquellas de que si acaso Bolaño glorifica rencillas, o si su trabajo es romántico o anarquista. El libro, como un todo, presenta un arco: se mueve, hablando de manera muy poco elaborada, de forma a contenido a valor, y hay un cambio en el trasfondo conceptual que va de la narratología a la filosofía.


¿Cuál fue la parte más difícil de escribir del libro?
El apéndice, aunque ahí no era tanto lo que escribía como lo que cotejaba y traducía. Se alinea con las víctimas reales de los crímenes en Ciudad Juárez, de 1995 a 1998, tal como fuera documentado en la obra Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, con las víctimas ficticias en “La parte sobre los crímenes”, en 2666. Si se comparan las notas de González Rodríguez con las descripciones hechas en 2666 se obtiene que, aunque Bolaño se toma muchas libertades a partir de su base documental, especialmente en la segunda mitad de “La parte sobre los crímenes”, hace coincidir el número de mujeres asesinadas y reproduce aquel terrible ritmo de crímenes con una escrupulosa exactitud.


¿Cómo ve la recepción futura de las obras de Bolaño?
No creo que nunca sea un asunto urgente leer aquel libro del cual todo el mundo esté hablando. Si ese libro es bueno, aún lo será cuando pasen algunos años. Los lectores que piensen así, descubrirán a Bolaño aunque él ya sea una noticia añeja, pero la experiencia de la inmersión en su ficción aún será fresca para ellos. En lo que nos concierne tanto a críticos como a académicos, recién hemos comenzado a analizar su trabajo, y hay aún mucho más por descubrir en él. Los materiales de manuscritos sin publicar nos pueden obligar a reorganizar nuestras ideas; pero aún si esto no existiera, un libro como 2666 presenta una veta casi inagotable. Bolaño fue un autor de cartas maravillosamente generoso, de manera que tal vez algún día podamos ver alguna colección de sus cartas, y de sus correos electrónicos. Él ya tiene una vida rica y agitada como un personaje de ficción, de la obra de novelistas bien establecidos como Javier Cercas (Soldados de Salamina) y Rodrigo Fresán (Mantra) a la de los escritores emergentes como Oswaldo Zavala (Siembra de nubes), Carlos Almonte (Viento blanco) y Pablo Martín Sánchez (Fricciones)… Creo que podemos esperar encontrar a Bolaño reapareciendo en novelas, cuentos y poemas, porque él es un autor al que nos apegamos y es natural querer prolongar su vida en la imaginación. Un reciente artículo de Ignacio Echevarría describe el poderoso "Efecto Bolaño" que se hace sentir mucho más allá del campo de la literatura. Una manifestación de ello es la reciente película “El futuro”, dirigida por Alicia Scherson, basada en Una novelita lumpen, recientemente traducida por Natasha Wimmer.