lunes, 2 de marzo de 2015

Roberto Bolaño: las conspiraciones críticas alrededor de un escritor imaginario

por C. Valeria Bril
Critica.cl, 20.01.2014





Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.

Escribiendo con mi hijo en las rodillas.

Escribiendo hasta que cae la noche

con un estruendo de los mil demonios.

Los demonios que han de llevarme al infierno,

pero escribiendo.

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño fue un escritor polémico, odiado, y finalmente amado, que siempre despertó curiosidad y envidia por su talento literario. Y quizá lo único irreprochable de este autor sea su constancia para el trabajo. Bolaño escribía en su estudio de Blanes, en la Costa Brava, en una periferia geográfica: una linda ciudad-pueblo costero, y también desde una periferia enunciativa que involucraba un lugar de enunciación alejado del escenario literario de entonces, aquel escenario que se convertiría en un campo de batalla por el choque mediático entre colegas, que provocaba el propio Bolaño con su avalancha de críticas. Esto no resultaría tan grave para el escritor argentino Saer, quien afirma con respecto a la creación y a la cultura que:

La cultura no se declara, se hace. Y casi siempre en un paisaje de barbarie. El trabajo puede parecer a veces inútil y amargo, y la lucha desigual ante el poder ilimitado de lo adverso. Pero eso carece de importancia porque la creación, aun en un universo indiferente, es una especie de redención práctica en la que el agente transformador se transforma a sí mismo aunque el mundo que ha querido cambiar siga igual. Antes que nada la creación es alegría, pero también arma y consuelo (1999: 112).

En una de las tantas entrevistas que Bolaño concedió -escribiendo la mayoría a vuelta de mail- a los medios crítico-académicos, afirmó: Yo me formé en una familia de clase media baja, desde los 16 años que escribo y nunca le he pedido ayuda al Estado. He vivido a la intemperie, al principio es incómodo pero al fin eres más libre, y eso se disfruta mucho (Cfr. Espinosa 2004: 48). Bolaño parece experimentar un sentimiento de desamparado por la falta de apoyos institucionales y/o gubernamentales que lo convierte en un escritor a la intemperie que escribe desde afuera del escenario central de las letras, pero cree profundamente en la literatura de calidad que es -para Bolaño- la verdadera literatura. Aquella que se logra con mucho esfuerzo y dedicación y que se debe ejercer desde un oficio de escritor pensado en libertad.

Por esa razón, Bolaño fue un escritor capaz de plasmar en sus textos las articulaciones sociales con todas las diferencias (de clase, de orientación sexual, de cultura, de ideas políticas, etcétera) que subsisten en el imaginario colectivo latinoamericano. Este virtuosismo estético de Bolaño para representar aquello que la sociedad descarta y desprecia se puede observar en sus textos por la elección de sus personajes, sus ambientes y sus tramas, cuya elección se podría explicar siguiendo el sentido que traza con sus lógicas literarias que van entretejiendo cada uno de sus libros con la totalidad de su obra. El autor encuentra en sus libros las soluciones imaginarias que necesita para explicar el verdadero significado de la literatura. Si la academia patafísica [1], como lo aclara Bolaño, postula la ciencia de las soluciones imaginarias que estudia las leyes que regulan las excepciones, podríamos ver: a sus obras como excepciones y a su autor -al igual que su literatura- convertido en un escritor imaginario por su excepcionalidad literaria.


Fugas críticas y devenires literarios

Bolaño es uno de los últimos escritores más lúcidos del siglo XXI que supo explicar mejor que nadie el oficio de escritor cuando afirmaba que los escritores no necesitan que se le ensalce el oficio, “Nos lo ensalzamos nosotros mismos (Cfr. Manzoni 2002: 213). Pese a que este autor, como algunos otros, maldijera (a la manera de Thomas Mann) la hora en que decide ser escritor, lo que nadie puede dejar de reconocer es que los escritores terminan aplaudiendo, bailando y recitando sus páginas cuando están solos. Si bien no necesitan que les digan lo que tienen que hacer, y mucho menos que su oficio sea elegido como el más honroso de todos los oficios, sabemos, según afirmara Bolaño, que la literatura es un oficio peligroso, y agrega el autor que -como diría una folklórica andaluza- es un peligro. 

En este sentido, recordemos el valor que tiene la literatura para los autores, con aquel singular episodio en la vida del escritor checo Franz Kafka que se cita en el programa que se repartió entre el público que asistió a la entrega de la XI Edición Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 1999 [2] cuando Bolaño obtiene este premio por su novela Los detectives salvajes (1998). Episodio que habla sobre el deseo que tenía Kafka que era el de quemar toda su obra, por lo que le pidió a su amigo escritor Brod, por un lado, y a su amiga-amante Dora, por el otro, que cumplieran con ese encargo. Brod era escritor y no cumplió con la promesa, porque por ser escritor algo le impedía satisfacer el deseo de su amigo; mientras que Dora era una mujer iletrada que cumplió con el encargo de su amante. Se puede suponer con seguridad que Bolaño recupera y resume aquella anécdota porque la asume como propia para su vida de escritor:

Todos los escritores, sobre todo en ese día-llanura que es el día después o lo que nosotros, vanamente, creemos el día después, tenemos en nuestro interior dos demonios o querubines llamados Brod y Dora. Siempre uno es más grande que otro. Generalmente Brod es más grande o más potente que Dora. En mi caso no. Dora es bastante más grande que Brod y Dora consigue que olvide lo que he escrito para que me dedique a escribir algo nuevo, sin retortijones de vergüenza o arrepentimiento (Cfr. Manzoni 2002: 203).

Sin intentar persuadir ni a los críticos ni a los escritores ni a los lectores especializados, Bolaño se presenta como un hombre contradictorio, y peor aún como un escritor contradictorio que le gusta definir y describir las cosas teniendo en cuenta sus extremos, por lo que no es de esperar una excepción a su carácter o en su perfil de autor cuando vuelca sus opiniones literarias de manera salvaje e hiperbólica. Testigo de ese comportamiento o de esa mirada extrema sobre las cosas es el escritor mexicano Juan Villoro a quien llamó Bolaño por teléfono una noche de 1998 a pesar de que se habían conocido casi veinte años atrás, cuyo motivo era una nota que acababan de publicar sobre la muerte de su amigo el poeta Mario Santiago. Por ese contacto telefónico, se produce un acercamiento entre los dos escritores; Villoro comenzaría a visitarlo cuando estuviera instalado en Barcelona, en 2001. Así el mexicano escuchó a Bolaño muchas veces singularizar a las personas y a las cosas por los extremos: Alguien era único, otro era borderliner. Los matices le interesaban poco; prefería corregir criticando; y entonces Bolaño, Al poco rato, cambiaba de opinión: la historia del sudamericano ejemplar se transformaba en la historia del sudamericano canalla (Cfr. Braithwaite 2006: 9), por lo que sus relatos encontraban en su voz diversos modos de sobrevivir.

Pero Bolaño se caracteriza por tener las ideas muy claras sobre cómo hacer literatura y por qué los escritores actuales se instalan en el lugar más cómodo del escenario cultural. Su poema La poesía latinoamericana sostiene la postura de su autor: Allí están los poetas de México y Argentina, de/ Perú y Colombia, de Chile, Brasil/ Y Bolivia/ Empeñados en sus parcelas de poder,/ En pie de guerra (permanentemente), dispuestos a defender/ Sus castillos de la acometida de la Nada/ O de los jóvenes. Dispuestos a pactar, a ignorar,/ A ejercer la violencia (verbal), a hacer desaparecer (Bolaño, 2007: 293). Aunque en realidad la intención de Bolaño es enfocarse en el momento en el cual el escritor se juega (con su literatura) a todo o nada, porque cree que casi todos los escritores prefieren situarse en un término medio para asegurarse un sueldo y al público lector; pero también habría que reconocer  que el autor pretende evaluar la obra literaria -en su totalidad- como un trabajo, diría Bolaño, de artesanía que requiere de humildad y paciencia.

El trabajo de un escritor no puede definirse de antemano, porque si un escritor quiere llegar a ser un gran escritor tendrá que soportar que su obra sea modificada por las lecturas sucesivas que hagan sus lectores y sus críticos. Hay un trabajo de reconstrucción de la propia escritura que por su forma y por su ritmo requiere de la mano de su autor, pero que sólo se puede lograr si a ese autor le interesa el ejercicio literario despojado de su ego inflado como creador, para recién ahí, según Bolaño, convertir su actividad de escritor en algo agradable y divertido.

Porque, al fin y al cabo, la escritura es una forma de esperar, de retrasar las cosas que te van pasando en la vida (personal o literaria), aunque a Bolaño le gustaría pensar lo contrario. Sus inicios literarios en México, marcaron su modo de ser escritor; su estadía en ese país duró cerca de diez años y allí aprendió lo básico del oficio, con sus primeras lecturas de autores mexicanos. Esa literatura riquísima para su formación lo ayudaría a crear o estimular su percepción de lo que creía o debía ser un escritor. Pero como nada ha sido dado de una vez y para siempre, sobre todo en literatura, lo que puede ocurrir es que sus hábitos de escritor y sus conceptos preconcebidos se transformen en prejuicios que malinterpretan las premisas de su arte que no puede definirse o llenarse con un puñado de certezas adquiridas o impuestas por el medio social y cultural. Ante todo, un escritor debe ser, según las palabras de Musil, un hombre sin atributos, es decir, un escritor desapegado del determinismo literario y de la caza obsesiva del establishment que intenta someterlo culturalmente. La única vía de escape para evitar esa situación de agotamiento o de desfallecimiento del escritor latinoamericano, es comprender lo más rápidamente posible, como lo hiciera Roberto Bolaño, que ejercitar la rebeldía literaria conduce de un modo directo a validar la función de escritor como guardián indiscutible de su literatura.  


Notas



[1] La “patafísica” es un movimiento cultural francés de la segunda mitad del siglo XX vinculado al surrealismo. El nombre proviene de la novela “neo-científica” Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico (1911) de Alfred Jarry. Para Jarry todo es anormalidad y la regla es la excepción de la excepción. La regla se constituye en lo extraordinario, y se basa en el principio de la unidad de los opuestos para convertirse en un medio de descripción de un universo complementario que está constituido de excepciones. El movimiento de la “patafísica” tuvo sus admiradores que empezaron a practicar una ciencia paródica llamada patafísica. Algunos participantes fueron Raymond Queneau, Eugène Ionesco, Jean Genet, Jacques Prévert, Joan Miró, Umberto Eco y otros.



[2] El jurado que integró esta edición estaba constituido por Saúl Sosnowski (Argentina), Antonio Benítez Rojo (Cuba), Ángeles Mastretta (México), Hugo Achugar (Uruguay) y Carlos Noguera (Venezuela), evaluó un conjunto de 220 novelas de autores de 19 países, y designó por mayoría de cuatro votos (excepto Ángeles Mastretta que no votó por esa novela) como ganadora del premio a la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. El autor dedicó unas líneas a la escritora Ángeles Mastretta en el “Discurso de Caracas”, leído en la ceremonia de entrega del premio, en donde expresaba lo importantísimo que era este premio ya que era el primer chileno en recibirlo, y dijo (con el humor característico de Bolaño) con relación a la mexicana: “(y aprovecho este paréntesis para agradecerle una vez más al jurado esta distinción, especialmente a Ángeles Mastretta)” (Cfr. Manzoni, 2002: 209). También Los detectives salvajes de Roberto Bolaño obtuvo por unanimidad el premio Herralde de Novela, edición XVI, el 2 de noviembre de 1998, otorgado por un jurado compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Paloma Díaz-Mas, Luis Goytisolo, Esther Tusquets y Jorge Herralde.





Bibliografía



Bolaño, Roberto. La Universidad Desconocida. Barcelona: Anagrama, 2007.

Braithwaite, Andrés (sel.) Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.

Espinosa H., Patricia  (comp.) Territorios en fuga. Estudios críticos sobre la obra de Roberto Bolaño. Santiago: Frasis Editores, 2003.

Manzoni, Celina (comp.) Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia. Buenos Aires: Corregidor, 2002.

Saer, Juan José. La narración-objeto. Barcelona: Seix Barral, 1999. 












lunes, 9 de febrero de 2015

La amistad y los elogios de Bolaño: "El mejor poeta de mi generación"

por A.G.B.
La Tercera. 24.01.2015





En julio de 2004, a un año de la muerte de Roberto Bolaño, Pedro Lemebel lo recordaba en estas páginas: “Lo primero fue una llamada telefónica desde España. Y él se presentó con su timbre azaetado y yo le dije que tenía voz de torero. Se rió mucho y dijo: ¡coño, soy chileno, Pedro! El acento lo perdió a los veinte ¿Y a mí, Robert, se me nota en la voz?, le pregunté. ¿Qué se te nota? El maricón en carroza, le dije y se rió mucho. ¿Viste que uno puede engañar, Robert? De ahí llegó la primera vez, nos conocimos y lo quise al tiro, violentamente”. La columna de Lemebel daba testimonio de su amistad y mutua admiración. Se conocieron en la primera visita del autor de Los detectives salvajes a Chile, en 1998, tras 30 años de ausencia. “Me encantó su dulce apatía, su desconfiado gesto ante los novelistas de derecha que lo tironeaban para comer con él en el Mulato. Pero si son fachos, Robert, le susurré, del taller de la Callejas. ¿De tu historia del libro Perlas y cicatrices, del taller de la Dina?, dijo asustado. Ah, entonces yo no como con ellos, agregó con ético asco y nos fuimos a un bar y hablamos poco porque yo estaba triste”, escribió Lemebel. En su regreso a España, Bolaño llevó sus libros a Anagrama y poco después Lemebel firmaba contrato con el sello de Jorge Herralde. Gracias a ello su obra ganaría visibilidad continental. Gracias a ello y a las palabras de admiración que le dedicó Bolaño, quien solía llamarlo y verlo en sus visitas. “Nadie le saca más emociones a su español que Lemebel. Lemebel no necesita escribir poesía para ser el mejor poeta de mi generación. Nadie llega más hondo que Lemebel”, escribió Bolaño. “Cuando todos los que lo han ninguneado estén perdidos en el albañal o en la nada, Pedro Lemebel será aún una estrella”.







lunes, 5 de enero de 2015

Roberto Bolaño, o el eterno retorno al desierto de Sonora

por Mario Spachiaro
La voz del Sur, Valdivia, Chile. 05.04.2014







Nota de lectura sobre Los detectives salvajes
 

...esas cosas que se dicen cuando uno está muy borracho y la noche no sólo es extranjera sino grande, muy grande, tan grande que como te descuides un poco te traga, a ti y a todos los que estén a tu lado.

Roberto Bolaño


El hombre es un ser de costumbres, pensé hoy, luego de dormir unas cuatro horas, y antes de eso haber bebido por casi treinta horas continuadas. Pensé, no sé por qué, que podría vivir así durante mucho tiempo. También pensé que uno termina por acostumbrarse a todo, y recordé al Perro, amigo de alguna noche anterior, a quien su madre lo botó a la calle cuando tenía tres años. Habíamos, junto a mi amigo Jaime, estado tomando pisco con él y nos había relatado parte de su historia. Lloró un par de veces y yo estuve a un tris de acompañarlo en una de las ocasiones. “Hay vidas tristes y la mía es la más triste”, dijo sin ningún asomo de exigir lástima. “Me ha tocado una vida cabrona, una vida muy puta”, decía entre trago y trago, mientras la botella deambulaba de mano en mano. En pocos minutos relató su última Navidad, con veinticinco perros rodeándolo (nos recitó los nombres de todos), lamiéndole la cara y él llorando, por la soledad, por la pobreza, por el hambre, pero sobre todo por la soledad.


I


Y yo pienso que podría vivir así, como un poeta real visceralista, aunque ellos son mexicanos (también hay un chileno, o dos), y escriben poesía todo el tiempo y las chicas del bar ése al que van se los quieren coger a todos, y... En las novelas el tiempo transcurre más rápido, y más interesante-mente. Finalmente la vida del ser más aburrido puede ser escrita y novelada de manera interesante y hasta entretenida para algunos (Kafka y Dostoievski ya lo hicieron, y más de una vez).

Acabo de revisar mi billetera, y no tengo ni un miserable peso, lo que también me acerca al Real visceralismo. De hecho ya vivo como un poeta real visceralista. Los hermanos Rodríguez viven de a tres por habitación, y deben sacar algunos muebles para poner otros, según sea el día o la noche. Yo vivo de allegado, y aunque tengo una habitación para mí solo, he sentido el hacinamiento y las ganas de estar aún más lejos que la playa. “Yo quiero ser como tu madre, cuidarte, quiero estar ahí cuando seas famoso”, le dice Rosario a García Madero, y él piensa que está loca. En fin, es 23 de enero, y debo apurarme si quiero conseguir la atemporalidad.



Me sigue gustando María Font, más que Rosario, Lupe y Angélica

Ya pasé a la segunda parte, y me parece que la estructura por fechas es bastante mejor que la estructura por personajes. El que lea, entienda. Aunque Bolaño no use esa coma ahí. Ya no me parece tan entretenido el ser real visceralista. Ni siquiera sé muy bien de qué se trata el movimiento. Una poesía muy ligada a las vanguardias (odio las vanguardias, odio la “sorpresa” que, tantas y tantas veces, ronda la impostura), al estridentismo, al insulto, a la concatenación significante, sonora o “infantil”, como el mismo texto dice. La novela tiene pocas sorpresas, tal vez la forma en que está escrita induce a pensar en una atemporalidad que finalmente no es tal. Todo está debidamente documentado, fechado y anotado. Autores y títulos (cientos, tal vez miles de ellos), amistades, lugares y sucesos. Acaso lo más sorprendente sea el que todos beben café con leche. Real visceralistas, poetas comunes, gente aledaña, putas y cabrones. Todos beben café con leche. ¿Será una costumbre mexicana? Tal vez por eso es que vomitan tanto. Deberían probar con café negro.


II


La nueva disposición es una mierda. Todos los locales nocturnos del Gran Santiago deben cerrar sus puertas a las cuatro de la mañana. Una diputada de extrema derecha, conservadora, con actitud de haber estudiado con las monjas y de no haber cogido con más de dos tipos en su vida, es la que lleva la voz cantante de la medida. Y yo me pregunto, lo sé, retóricamente, cómo es que alguien así puede normar mi vida, cómo es que un ser fascistoide y tendencioso puede decir a qué hora tomo alcohol y a qué hora no. Es una vulgar estupidez, una falta de respeto, una inmoralidad, una bofetada en la cara a la alta bohemia, a la noche, a los trasnochadores, a la inteligencia, a la libertad individual, a la poesía (lo sé, la cursilería es inevitable).

En alguna entrevista, esta diputada, dijo que era mentira que con la medida fuera a aumentar el número de locales clandestinos. Y yo pensaba en dos cosas, en la posibilidad, lejana pero excitante, de tenerla en cuatro patas y darle por el culo (no es nada fea, hay que decirlo), y en lo poco informado de sus declaraciones. La misma noche anterior había estado bebiendo en un local clandestino hasta casi las nueve de la mañana.

Habíamos estado conversando con Gonzalo de todo un poco y, de paso, también de literatura. Le había pedido que corrigiera un texto mío, y me estuvo haciendo comentarios. Estuvimos hablando de Los detectives salvajes, y le expuse mi clásico resquemor de que a toda novela de seiscientas páginas le sobran por lo menos doscientas. Perdón, es lo que pienso, le dije, aunque agregué que me parecía una novela con muy buenas historias. El narrador del viejo Font me sigue pareciendo notable, o la historia de la revuelta guerrillera en Liberia (el punto más alto de la novela, en mi opinión), por nombrar sólo dos. Algo de Kurtz, de Coppola o de Conrad se adivina en esa historia, tal vez de los tres.

Gonzalo dijo que la literatura no debía ser autobiográfica, y le dije que estaba loco, que la mejor literatura siempre tiene algo o mucho de autobiográfico. (Gonzalo ya estaba muy ebrio y era difícil sostener el hilo de la conversación). Belano es un heterónimo, una representación, un otro yo, de Bolaño, representación viva de la biografía –ficcional, real, probable- del segundo. Es evidente la presencia suya, del autor, en la novela. Belano dejó de beber y tenía graves problemas físicos, relacionados con pancreatitis, hígados perforados, etcétera. Ambos son escritores, chilenos, solitarios, fuman tabaco desde que despiertan y van por la vida como sin sentido, pero van. Gonzalo no dijo nada. Al contrario, acomodó sus codos y se quedó dormido sobre la mesa.


III


A estas alturas los poetas real visceralistas dan lo mismo. La importancia, aquí y allá, radica en vivir, en sobrevivir, en matarse o en buscar la muerte. Belano busca a veces morir, otras vivir. Supongo que las ganas de no estar, vienen cuando se pierde algo. Así lo deja traslucir la novela, en una conclusión que no por lo poco original deja de ser cierta. La vida sin amor vale una chingada, por ejemplo. Es por eso que la diferencia entre vivir o morir se difumina.

Hay un algo malo en las novelas largas. El que uno se acostumbra. Ya tengo elegida la próxima lectura y estoy casi seguro de que no me va a gustar (“Junkie”, de William Burroughs). Tal vez porque, como me decía un amigo hoy por mail, nos estamos poniendo viejos. Viejos y nostálgicos, diría yo, y la vida sin amor me sigue pareciendo una chingada. Por eso escribo lo que veo, ya sin tantas claves, ya sin tanta “inteligencia”, sobre lo que han hecho mis amigos, mi padre, mis amores, o la gente que admiro o quiero, por uno u otro motivo.


Final


Después de todo, el final es algo inevitable, en todo orden de cosas y situaciones. En este caso esperaba algo más. Es cierto, la escena anterior al final (¿matemático? ¿Esquemático? ¿Enigmático?), es al más puro estilo mejicano, con balazos, muertos y carreteras polvorientas y solitarias. Pero no sé. Es el otro problema de las novelas largas, que uno espera un final digno de la cantidad de páginas que ha leído y, por lo general, ésta no es la excepción, el final se esconde en un no final, como si el mismo autor no tuviera los cojones de terminar tal como empezó. Cortázar lo hizo separando las maneras de leer, o creando una estructura “lúdica”, como dicen algunas personas.

Bolaño se va por las ramas y elude un estilo al que fue fiel durante quinientas noventa y ocho páginas. Así y todo el final no es malo, sólo hubiera esperado menos cabos sueltos, un estilo coherente, un poema de Cesárea del texto encontrado por García Madero, una buena frase final, qué sé yo, algo así.


Salida del bar clandestino


Y me quedo con esa sensación amarga de salir en la mañana, desde un bar rumbo a la casa. Anoche hablé con Pedro Peirano y le recordé su participación en un gran programa de televisión: “Plan Z”. Sólo le hice un comentario al pasar y él me contestó recordando todo aquel capítulo, con ojos brillosos, supongo que debido a una mezcla de remedios, sueño y ganas de pasar a otra cosa. Luego de aquello me instalé de espaldas a un ventilador gigante y me quedé ahí por largos minutos, sintiendo el aire frío en mi cabeza y haciéndome a la idea de recorrer el largo camino de regreso a casa. Al salir miré la cordillera y sentí la tristeza de la ausencia. De la ausencia del amor, de los amigos, de la poesía. Aquella hora infame en que uno está más verdadera y putamente solo que nunca.

En fin, “sólo queda caminar”, dijo Bart, el gran Bart, alguna vez. Sólo queda caminar… hasta que mis pies pidieron el descanso. Sólo entonces abrí la puerta de mi casa, abrí la última cerveza y me instalé frente al computador.



Santiago de Chile, 2005